<strong>Deshumanización</strong>: cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver funciones
La <strong>deshumanización</strong> aparece cuando dejamos de percibir a alguien como una persona completa —con emociones, dignidad, límites, historia, necesidades y capacidad de decidir— y comenzamos a reducirla a aquello que hace por nosotros, a su cuerpo, a una etiqueta o a una función. Puede ser extrema y evidente, pero también cotidiana y silenciosa.
Ocurre cuando un hombre vale únicamente por cuánto provee; cuando una mujer es mirada principalmente como cuerpo u objeto sexual; cuando una madre parece existir solamente para cuidar; cuando un abuelo queda reducido a “quien cuida a los nietos”; cuando un trabajador se convierte en “recurso”, “costo” o número de productividad; cuando un jefe deja de ser visto como persona y pasa a ser solamente “el cargo”; cuando un cliente trata a quien lo atiende como si no tuviera cansancio, dignidad o límites; o cuando un profesional mira al paciente como “el diagnóstico” y no como alguien que está viviendo una experiencia humana.
Tener roles no es malo. Somos madres, padres, hijos, profesionales, trabajadores, clientes, cuidadores, jefaturas y muchas otras cosas. Los roles organizan la vida social. El problema empieza cuando uno de ellos devora al resto de la persona y su valor queda condicionado a cumplirlo.
El psicólogo social Nick Haslam propuso un modelo influyente de deshumanización que distingue, entre otras formas, negar características que asociamos con la singularidad humana o negar cualidades de nuestra naturaleza humana, como emocionalidad, calidez y capacidad de conexión. Esta mirada permite comprender que no hace falta llamar literalmente “animal” o “máquina” a alguien para deshumanizarlo: también podemos hacerlo cuando actuamos como si sus sentimientos, voluntad o individualidad no importaran.
Cuando solo vemos el rol, el cuerpo, el rendimiento o la utilidad, perdemos información esencial sobre la persona
La psicología social ha mostrado que la deshumanización no pertenece únicamente a guerras o conflictos extremos. Puede aparecer en relaciones ordinarias, instituciones, medicina y trabajo. David Haque y Adam Waytz, al estudiar la atención sanitaria, describieron cómo ciertas condiciones de los sistemas médicos pueden favorecer que pacientes sean percibidos de maneras menos humanas y plantearon estrategias para preservar la conexión interpersonal. En salud mental esto es especialmente importante: una persona no es “un depresivo”, “una bipolar” o “un esquizofrénico”; tiene una condición o experiencia clínica, pero conserva identidad, preferencias, vínculos, derechos y una biografía que excede cualquier diagnóstico.
En las organizaciones existe incluso una línea de investigación denominada “deshumanización organizacional”: la percepción de que la institución trata a las personas como instrumentos para alcanzar objetivos. Estudios han relacionado esta experiencia con menor bienestar y satisfacción laboral, más tensión y deseos de abandonar la organización. Esto no significa que una empresa no pueda exigir resultados. Significa que productividad y humanidad no tienen por qué ser adversarias.
La objetificación sexual ofrece otro ejemplo. La teoría de la objetificación desarrollada por Barbara Fredrickson y Tomi-Ann Roberts explicó cómo determinados contextos culturales pueden llevar a que el cuerpo femenino sea observado y evaluado como objeto, y cómo esa mirada puede ser interiorizada. Reducir a una mujer a atractivo, disponibilidad sexual o apariencia borra dimensiones centrales de su subjetividad. Pero la regla ética es más amplia: ningún ser humano, hombre o mujer, debería quedar reducido a su cuerpo o utilidad sexual.
También podemos deshumanizar a los hombres cuando damos por supuesto que su valor depende de producir dinero, resolver problemas, soportar dolor o proteger sin necesitar protección. “Mientras provea, está cumpliendo” puede parecer reconocimiento, pero se vuelve reduccionista cuando ya no preguntamos cómo está, qué teme, qué necesita o qué desea. El proveedor sigue siendo hijo, amigo, pareja, padre, persona cansada, vulnerable y merecedora de cuidado.
Desde la sociología, los roles sociales permiten comprender que buena parte de nuestra conducta está atravesada por expectativas vinculadas a posiciones sociales. Erving Goffman mostró, desde otra tradición, la complejidad con que las personas presentamos y negociamos identidades en la interacción cotidiana. Una enseñanza útil es no confundir el papel social con la totalidad de quien lo desempeña: detrás del uniforme, parentesco, cargo o etiqueta continúa existiendo una biografía.
El humanismo añade un principio todavía más básico. El artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos afirma que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. La dignidad no depende de productividad, belleza, maternidad, paternidad, edad, profesión, riqueza ni utilidad para otra persona. En Chile, esta idea también alcanza las relaciones laborales: el Código del Trabajo establece que las relaciones laborales deben fundarse en un trato libre de violencia y compatible con la dignidad de la persona, marco reforzado por la Ley 21.643 o Ley Karin.
Humanizar no elimina las jerarquías ni las responsabilidades: cambia la forma en que ejercemos el poder
Salir de la <strong>deshumanización</strong> no exige fingir que todos los roles son iguales. Un jefe puede evaluar a un empleado; un médico tiene responsabilidades clínicas que el paciente no tiene; los padres toman decisiones que un niño todavía no puede tomar; un cliente puede reclamar por un servicio deficiente. Humanizar significa ejercer esas diferencias sin borrar la condición de persona del otro.
Una práctica sencilla es preguntarnos: “¿qué parte de esta persona estoy dejando de ver?”. Del trabajador, quizá su esfuerzo y vida fuera de la oficina. Del jefe, las responsabilidades y presiones que no conocemos. De la madre, sus proyectos además de la maternidad. Del padre proveedor, su necesidad de recibir afecto y apoyo. Del adulto mayor, su autonomía además de su edad. Del profesional que nos atiende, su derecho a un trato respetuoso. Del cliente, la necesidad legítima que hay detrás de una queja. Humanizar no significa justificar una conducta incorrecta: significa corregirla sin convertir a la persona entera en esa conducta.
También ayuda cambiar el lenguaje. “Necesitamos que este trabajo esté listo” comunica una exigencia sin decir “solo sirves si produces”. “Necesito que cumplas tu responsabilidad como padre” es distinto de “tu único valor es mantener esta casa”. “Quiero hablar de nuestra vida sexual” reconoce una relación entre sujetos; tratar al otro como disponible por obligación lo convierte en instrumento. “Mi mamá me ayuda con los niños” debería poder coexistir con preguntar cómo está ella y qué límites necesita.
La conexión humana, además, no es un lujo sentimental. Un metaanálisis de Julianne Holt-Lunstad y colaboradores, con 148 estudios y 308.849 participantes, encontró que relaciones sociales más fuertes se asociaban con una mayor probabilidad de supervivencia durante los períodos estudiados. La OMS ha elevado la conexión social a un asunto de salud pública y señala que las relaciones sociales de calidad protegen la salud a lo largo de la vida. Estos datos no prueban que una conversación amable cure enfermedades ni que toda soledad tenga una solución simple; sí muestran que los vínculos humanos importan de manera medible.
En dinámicas de poder, una regla especialmente útil es recordar que cuanto mayor es nuestra capacidad de decidir sobre otra persona, mayor debería ser nuestra atención a su humanidad. Si somos jefatura, profesor, profesional de salud, cuidador, funcionario, padre, madre o simplemente tenemos una ventaja económica o social, podemos preguntarnos no solo “¿puedo exigir esto?”, sino también “¿cómo lo estoy exigiendo?” y “¿sigue teniendo esta persona espacio para ser escuchada, respetada y tratada con dignidad?”.
Y cuando somos nosotros quienes sentimos que hemos quedado reducidos a una función, puede ser legítimo decirlo: “necesito que me veas también fuera de mi rol de proveedor”, “soy tu mamá, pero sigo siendo una persona con límites”, “soy trabajador, pero merezco respeto”, “soy paciente, no solamente un diagnóstico”. Poner palabras a esa reducción puede abrir una conversación; si existe abuso, humillación persistente o violencia, puede ser necesario buscar apoyo adicional y establecer límites más firmes.
Ver la humanidad del otro no borra los conflictos. Nos permite atravesarlos sin borrar a la persona. Podemos exigir responsabilidad y conservar empatía; poner límites y conservar respeto; reconocer una jerarquía y conservar dignidad. Ese pequeño desplazamiento —de “¿para qué me sirve?” a “¿quién es esta persona además de lo que hace?”— puede construir puentes precisamente allí donde el poder tiende a convertir seres humanos en funciones.
RECURSOS Y FUENTES
<a href="https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/16984740/" target="_blank" rel="noopener">Nick Haslam — Dehumanization: An Integrative Review, Personality and Social Psychology Review</a>
<a href="https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/22466601/" target="_blank" rel="noopener">Omar Sultan Haque y Adam Waytz — Dehumanization in Medicine: Causes, Solutions, and Functions</a>
<a href="https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/22761913/" target="_blank" rel="noopener">Fredrickson y Roberts — Objectification Theory</a>
<a href="https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/20668659/" target="_blank" rel="noopener">Holt-Lunstad, Smith y Layton — Social Relationships and Mortality Risk: A Meta-analytic Review</a>
<a href="https://www.who.int/groups/commission-on-social-connection" target="_blank" rel="noopener">Organización Mundial de la Salud — Comisión sobre Conexión Social</a>
<a href="https://www.un.org/es/about-us/universal-declaration-of-human-rights" target="_blank" rel="noopener">Naciones Unidas — Declaración Universal de Derechos Humanos</a>
<a href="https://www.bcn.cl/leychile/navegar?idNorma=1200096" target="_blank" rel="noopener">Biblioteca del Congreso Nacional — Ley 21.643 (Ley Karin)</a>
NOTA EDITORIAL
“Deshumanización” sí es un concepto estudiado formalmente en psicología social, aunque su uso cotidiano abarca fenómenos de distinta intensidad. No todo rol, exigencia laboral, expectativa familiar o desacuerdo constituye deshumanización. La señal relevante es la reducción persistente de una persona a una categoría, función, cuerpo, diagnóstico o utilidad de una manera que invisibiliza su subjetividad, dignidad, emociones, autonomía o individualidad.


